"MELCHOR; BALTAZAR; GASPAR"
MELCHOR; BALTAZAR; GASPAR
Cuando llega enero, Puerto Rico vuelve a mirar hacia el camino por donde vienen los Reyes, pero pocas veces nos detenemos a pensar quiénes eran aquellos tres hombres, de dónde nacieron sus nombres y cómo una historia tan antigua terminó convirtiéndose en una de las tradiciones más queridas de nuestra Navidad. Melchor, Baltasar y Gaspar; tres nombres que aprendimos desde niños, tres figuras que dibujamos, pintamos y colocamos junto al pesebre, sin imaginar que detrás de sus coronas existe una historia mucho más grande que los regalos que dejan al pie de nuestras camas.
El Evangelio de Mateo habla de unos magos que llegaron desde Oriente siguiendo una estrella para encontrar al niño Jesús. No dice que fueran reyes, tampoco especifica que fueran tres ni menciona sus nombres. Esas características fueron tomando forma con el paso de los siglos, a través de la tradición cristiana, hasta convertirse en la imagen que conocemos hoy. Y aunque la historia no nos entrega todos los detalles, la tradición les dio rostro, identidad y un lugar permanente en la memoria de los pueblos.
A Melchor se le suele representar como un hombre mayor, asociado con Europa; a Gaspar, con Asia; y a Baltasar, con África. Estas representaciones se desarrollaron con el tiempo y reflejaron la manera en que distintas sociedades cristianas entendían el mundo. Juntos llegaron a simbolizar pueblos diversos que reconocían en aquel niño una esperanza que trascendía sus propias fronteras. No eran solamente tres visitantes siguiendo una estrella; en la tradición, llegaron a representar un mundo entero acercándose a un mismo nacimiento.
Y esa historia cruzó mares hasta llegar a nuestra isla, donde adquirió una vida propia. En Puerto Rico, los Reyes dejaron de pertenecer únicamente a las imágenes de las iglesias para entrar en los hogares, en las escuelas, en las plazas y en las conversaciones de familia. Aprendimos a escribirles cartas, a dejarles hierba y agua para sus camellos, a preparar la cajita junto a la cama y a despertar temprano con la ilusión de encontrar algo que durante la noche no estaba allí. Pero lo que verdaderamente hizo nuestra esta tradición fue la manera en que la vivimos, con la familia reunida, el café colándose en la cocina, la música sonando desde temprano y la casa despertando entre risas, recuerdos y el olor de lo que se cocina para compartir.
En muchos hogares puertorriqueños, el Día de Reyes también fue una forma de enseñar a esperar, a compartir y a mantener viva una costumbre que pasaba de los abuelos a los padres y de los padres a los hijos. Hubo años de juguetes nuevos y años en que bastaba cualquier pequeño detalle; años de abundancia y otros en que la imaginación hacía lo que el bolsillo no podía. Porque la ilusión nunca dependió únicamente del tamaño del regalo, sino de quién mantenía viva la tradición y de todo el amor que había detrás de ella.
Quizás por eso Melchor, Baltasar y Gaspar significan tanto para nosotros. Porque, aunque sus nombres llegaron desde una historia antigua, nosotros les dimos un lugar en la nuestra. Los hicimos parte de nuestra infancia, de nuestras promesas, de nuestras fotografías familiares y de esa nostalgia que vuelve cada vez que se acerca enero. Y mientras en otros lugares la Navidad termina después del veinticinco de diciembre, aquí todavía queda camino por recorrer, todavía hay una estrella que seguir y una puerta que abrir cuando llega el Día de Reyes.
Al final, tal vez la herencia más importante de Melchor, Baltasar y Gaspar no sea lo que dejaron en nuestras casas, sino lo que ayudaron a mantener vivo dentro de ellas. Porque los juguetes se pierden, los años pasan y los niños crecen, pero hay tradiciones que sobreviven al tiempo porque alguien decide transmitirlas. Y mientras en Puerto Rico haya una familia que prepare una cajita, un abuelo que cuente la historia, una madre que conserve la ilusión o un niño que se acueste pensando en los Reyes, Melchor, Baltasar y Gaspar seguirán llegando cada enero, no solamente desde Oriente, sino desde la memoria de un pueblo que aprendió a hacer suya una historia y a convertirla en parte de su identidad.