“SEIS CHORREAO”
UNISEX
Seis Chorreao
El seis chorreao entra rápido, pero no entra descuidado. Su velocidad puede engañar a quien escucha desde afuera. Parece impulso puro, aunque debajo de ese movimiento hay una estructura que exige precisión al músico y al cuerpo que baila.
El seis es una de las formas centrales de la música jíbara puertorriqueña. Sus variantes pueden recibir el nombre de un pueblo, una persona, una manera de cantar o una coreografía. Chorreao, contracción popular de chorreado, pertenece a este último grupo. Fuentes históricas de comienzos del siglo veinte ya lo diferenciaban del seis más pausado porque se bailaba vertiginosamente y requería un movimiento musical más rápido.
La explicación tradicional del nombre seis lo relaciona con seis parejas dispuestas en filas, aunque el origen exacto del género no está cerrado. Lo que sí está documentado es su desarrollo entre las clases populares del campo y su vínculo con bailes donde las parejas se cruzaban, zapateaban y terminaban valseando. En el chorreao, ese vocabulario corporal se acelera.
La notación suele escribirse en compás de dos por cuatro, pero los investigadores han señalado una elasticidad entre impulsos binarios y ternarios que no cabe del todo en el papel. Ahí está parte de su dificultad. El güiro y la guitarra sostienen el empuje; el cuatro presenta y adorna la melodía, improvisa interludios y obliga a los demás a mantenerse dentro del pulso. En versiones históricas, el baile podía detenerse para recitar una bomba, una copla breve y picaresca, antes de volver a arrancar.
Llamarlo música sencilla porque repite una base armónica sería confundir claridad con pobreza. La repetición crea el terreno para que el cuatrista varíe, el bailador responda y la energía suba sin perder el orden. La rapidez no elimina la disciplina. La deja expuesta.
Hoy mucha gente escucha música jíbara principalmente en Navidad, pero el seis chorreao no nació para quedar encerrado en diciembre. Pertenece a una historia rural de baile, celebración y destreza pública. Cuando acelera, también recuerda algo sobre el país que lo creó: nuestra música campesina podía ser rigurosa sin volverse solemne, y compleja sin perder la calle, la sala ni el cuerpo.